lunes, 10 de octubre de 2016

Ella

Suena el despertador, se ducha, se viste, desayuna mientras mira fijamente su reflejo y se repite que esta vez no será igual, no. Esta vez lo va a conseguir. Hábito que odia pero reconforta. Mentira que calma el deseo de cambio. Él anhela que sea diferente, sin embargo, en el fondo adora vivir en esa rutina en la cual se ha acomodado desde que era un niño. ¿Cuánto tiempo lleva persiguiendo esa oportunidad? Estamos constantemente detrás de sueños, proyectos, detrás de un mañana, tan obstinados que esclavizamos nuestro presente a trabajar para el futuro. ¿Quién puede juzgarle? ¿A caso no somos iguales? Es decir ¿no es cierto que desde pequeños nos dedicamos a enumerar objetivos, propósitos, todos ellos en lista, en masa, como algo genérico para alcanzar nuestras metas? Nos desgarramos la piel por algo idílico, utópico y nos pasamos la vida buscando, en serio, nos la pasamos. Queremos ser felices, vemos solo el final del camino y comienza la impaciencia. Lo queremos ya. Sin detenernos. No andamos, corremos por el trayecto hasta el límite. No disfrutamos de las personas, de los momentos, de lo real. Lo tenemos justo en frente pero aseguramos que todo seguirá ahí mañana y será entonces cuando dispongamos de tiempo para dedicarle. ¡Cómo si nosotros lo controlásemos!
 Ahí está él, dispuesto a coger el tren a la hora de siempre. Es perfeccionista, tan meticuloso que resulta insoportable. Tiene todo organizado, planeado, sin riesgos. Y la ve, tan solo un momento, porque se pierde entre la gente, una vez más. Ni siquiera recuerda cuando empezó todo, pero él está loco por ella. Son tan opuestos... Ella, tranquila y alocada, dulce pero con carácter, una contradicción en sí misma. Desentendida del tiempo pues vive ajena a este. Sin horarios. Es tan bonita que hasta duele. A veces es cruel, a veces quema, a veces rompe pero es única. Por eso él se empeña tanto en conquistarla. Es lógico que se haya enamorado de su belleza. Ella no camina, ella salta, danza, vuela, es libre. Él aún así se obceca en atraparla.
Ahí está de nuevo. Él corre tras ella con todas sus fuerzas. Se esfuerza tanto que el aire quema en sus pulmones, cada bocanada arde. Su cuerpo está alcanzando su tope. Las punzadas de dolor recorren sus músculos. Ella aminora su paso como dejándose atrapar. Él lucha por mantenerse pero un calambre que abrasa sus huesos hace que caiga y rueda por el suelo hasta quedar extendido. Mantiene torpe y duramente la respiración. No puede levantarse. Detiene su mirada en sus manos que ahora están arrugadas y viejas. Como si le hubiesen llovido los años. La vejez le ha alcanzado. Pero... ¿Cuánto tiempo lleva persiguiéndola? Su visión se nubla y lo último que ve es a ella, que le sonríe mientras él se marchita. Entonces piensa que ya no tiene nada que hacer salvo esperar lo inevitable, porque ya es demasiado tarde. Solamente le queda relajarse y dejarse llevar. En esos instantes es verdaderamente feliz y solo ahí es capaz de olvidarse de ella. Descubre que precisamente el secreto de lo que buscaba consiste no en tratar de conseguirla, sino en ignorarla por completo. En centrarse en lo que tiene delante. De este modo ella viene sin necesidad de ser perseguida. Pero como he dicho antes, estamos tan empeñados en la meta y en perdernos el recorrido,  que no estoy segura de que hayáis notado que cuando hablaba de ella, hablaba de la vida.

Año nuevo, vida nueva

Invierno es la estación más cruel que conozco. Se disfraza tras la falsa esperanza de un nuevo comienzo, de propósitos y deseos de cambio pero lo cierto es que no puede esconder los sentimientos que provoca. Soledad, nostalgia, cobardía... Es la época en la cuál me doy cuenta de cómo ha cambiado todo. Las promesas que se han roto, las que nunca tuvieron intención de cumplirse, las que cada noche me despiertan, desgarrándome, recordándome poco a poco cómo me han abandonado aquellos que juraron estar a mi lado para siempre. Esos que lloraban y reían conmigo. Los que ahora ni me reconocen. Personas que un día fueron importantes, amigos... Uno a uno se van distanciando, se alejan sin importarles nada, sin importarles nadie. De nuevo sola ante el abismo. Siguen su camino y yo simplemente me siento y observo cómo se marchan mientras me quiebro un poco más. Porque con cada ida se llevan un fragmento imposible de reconstruir. Igual que los deseos sin cumplir, igual que las páginas a las que pusimos título pero nunca completamos y quedaron como tristes historias inconclusas y olvidadas. Al mismo tiempo que un sueño muere  el alma se parte, se pudre, y nosotros con ella. ¿No es cierto que en realidad estamos muriendo?  Neruda se preguntó en un poema: "¿Por cuánto tiempo muere el hombre? ¿Qué quiere decir para siempre?" La respuesta es que desde que nacemos ya estamos todos un poco rotos, un poco muertos.
 La persona que soy hoy no es la misma que ayer fui. Porque cada día que pasa es una nueva oportunidad para mentirnos, para jurarnos cambios que nunca seremos capaces de realizar. Si de verdad hubiésemos querido, no hubiésemos esperado, no habríamos dado tiempo a las excusas. Vivímos suicidándonos constantemente y renaciendo para volver a morir,  utilizando los propósitos y las promesas como arma de autodestrucción.  Es un ciclo que no termina, dónde la muerte impregna cada elemento.
Odio el invierno porque el frío se cuela a través de las grietas que se han formado por las cicatrices mal curadas y me hace ver la falta de calor por parte de los míos, de los que se fueron, de los que he perdido o tal vez ellos me perdieron a mí. Sin embargo a veces me sorprendo buscándolos. Siempre estaba ahí para ellos, amansaba sus demonios y ahora no hay quien duerma los míos. cosía sus sonrisas, ayudaba a levantar las ruinas de sus ciudades bombardeadas por absurdos anhelos. Un plan más sin cumplir.
La utopía que de verdad nos destruye es fin de año. Maldita quimera que devora las almas puras de los inocentes, convirtiéndolos en recipientes vacíos, muertos en vida. Al final como dijo Quevedo, somos sucesiones de difunto. Somos cadáveres descompuestos corrompidos por proyectos y autoengaños que nos han envenenado poco a poco hasta hacernos fenecer. Adiós año nuevo. Adiós vida nueva.

No habrá luna

Puedo escribir los versos más tristes esta noche pero nunca se me ha dado bien la poesía. Recuerdo el día en el que nos conocimos, tan pequeñas que aún no sabíamos cuán fuertes serían los lazos, que no cuerdas, que nos unirían. Inocentes, puras y ajenas a la basura que pudre este mundo. Ambas libres, locas y risueñas. Ella siempre me ganaba en todas las carreras, con ese brillo especial en sus ojos. Sus ladridos espantaban a cualquiera que nos molestara. Ahora... Silencio.
El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. Qué impotencia y frustración querer ayudar y no poder hacer nada. Es como la cárcel de un huracán de sentimientos plasmados a gritos por un escritor mudo. Desde que se fue, el universo se ha fundido, ya no veo la estrellas, ya no aprecio su belleza. Ella, mi fiel compañera, ahora que está lejos, ahora que es inalcanzable y puede dar rienda suelta a su espíritu, corre hacia su paraíso. Luna, su nombre se quedaba corto para lo mucho que su destello invadía nuestras vidas.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo, sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Se acabaron nuestras escapadas nocturnas. Recorríamos las calles buscando el alivio de la brisa fresca, con una única promesa, juntas hasta el final, y así fue... Escuché hasta el último de sus latidos, el que la liberó de esta carga, y el que se llevó consigo un trozo de mi vida, ahora le tocará a mi corazón latir por dos. Qué importa que mi amor no haya podido guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo. ¡ Qué suerte la mía haberla conocido! No tengo miedo al olvido porque no hay eternidades suficientes que puedan borrarla. Esté donde esté. El vacío que ha dejado, las sonrisas apagadas, las lágrimas que han caído y las que quedan por llover. Era un adiós esperado pero ¿ quién acepta de verdad una despedida sin regreso? Volveremos a vernos, sin embargo de momento dependo de su recuerdo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla, mi mirada la busca. Mi corazón la busca y ella no está conmigo.
Ya no estará esperando cuando vuelva a casa, ya no seguiremos creando historias, no volverá a asustarse de las tormentas ( prometo que sus ladridos eran casi tan fuertes como los truenos a los que tanto temía). Ya no me acompañará a volar por la infinidad de la noche ni permanecerá mirándome con esos grandes ojos fijos. Aquí cada uno la quería y la recuerda a su manera. Era invencible, única, era tanto. Era. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Hoy la tristeza aún me invade, y sabré que he sanado cuando vea otra vez a la luna brillar, pero no. Ya no hay luna capaz de iluminar.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Recuerdos

La vida es como una obra de teatro, si no te enganchas a tiempo es muy difícil seguirle el ritmo.
 Otoño, los árboles se tiñen de naranjas, amarillos y ocres. las hojas se amontonan en el suelo; el viento, suave pero gélido. Paseo por las calles desoladas, tal vez buscándote, tal vez sin suerte. De repente y en el momento más inoportuno, llegan ellos. Empiezo a correr.
 Uno tras otro me van alcanzando, mis pulmones arden intensamente, las bocanadas de aire solo consiguen asfixiarme, mi corazón amenaza con pararse y es entonces cuando caigo. Me siento abrazando mis rodillas y decido rendirme a ellos. Los recuerdos, fieles aliados o crueles enemigos, fluyen en mi mente aturdiéndome, destrozándome, devorando cada pizca de alegría que he conseguido reunir. Parecen no saciarse nunca, algo cálido desciende por mis mejillas. Lágrimas. Cuántas emociones guardan esas pequeñas gotas que salen de mis ojos y se desvanecen.
He perdido la noción del tiempo y seguramente la cordura pero me levanto sacudo mi ropa y continúo mi camino, imperturbable.
 Ellos siguen ahí,  o los guardas como un tesoro para siempre, o te encadenas a ellos como una extraña maldición, eternamente.
 Llego tarde, en realidad llego como un par de vidas tarde. Me detengo y observo cuidadosamente sus caras.  Ambos me ofrecen una amplia sonrisa. El destello de sus ojos iluminaría el alma de cualquiera que los viera. Desbordan felicidad, pasión y seguridad.
-Papá, mamá, siento haber tardado tanto en venir, no estaba preparada después de todo, sin embargo ya estoy aquí. Os he echado de menos cada segundo, os lo prometo.
 Otra vez regresan ellos... ¡Ahora no! ¡Por favor!
  Recuerdos... tan queridos... tan odiados. Entonces me pregunto: -¿Cuándo empezaron a dañarme? cuando me esclavizaron.
 ¡Qué complejo!  Aquello a lo que ahora no damos importancia, el presente, lo que vivimos a tontas y a locas pensando que tendremos un mañana para arreglarlo, se convierte en nuestra historia, en nuestro pasado, en nuestros recuerdos. "Me arrepiento de no haber aprovechado cada momento" y así es como te encadenas a ellos. Buscando las llaves de un candado oxidado, unas llaves imposibles de conseguir, el tiempo. El tiempo no se mide en segundos, se calcula en suspiros, en lágrimas, en alegrías y en disgustos, en errores y aciertos, en recuerdos.
 Cuando quieres reaccionar, tu presente ya ha volado. Y ¿Qué has hecho?, me consulto.
-¿Cómo hacéis para no perder vuestras sonrisas? Me gustaría poder llevar una siempre.
Sin respuesta...Tan solo sonríen y yo comienzo a llorar. Las lágrimas caen y empapan la foto. Los recuerdos no hacen más que volver y yo, cansada, los dejo arder. Se han roto las cadenas y ahora soy libre, libre de ellos. Observo la foto por última vez y la dejo sobre una de las tumbas.
-Seguid sonriendo siempre.
 A la vida, tan efímera, tan feroz. Tampoco es el tiempo quien la determina ni quien indica su fin. Solamente marca los límites.
 No quiero arrepentirme mañana de lo que no he hecho hoy. Quiero asegurarme de vivir cada momento, de no perder ni un minuto, de guardar mis recuerdos como el oro, de reír por nada y por todo. Es una obra de teatro y cuando termine quiero escuchar los aplausos. Se cierra el telón

Soledad

"La soledad es un farol certeramente apedreado. En ella me apoyo." - Marguerite Duras.
Cielo plomizo, ceniciento, no hay ni rastro del sol. Ahí me encuentro yo, sentada en un columpio, balanceándome con fuerza, buscando olvidar.
Alto, más alto, más todavía, unas pequeñas cosquillas me envuelven, llegan recuerdos...
 Inevitable, noto un hormigueo en los ojos, que se nublan, me tiembla la barbilla, ya no escucho el latido de mi corazón. Se está volviendo tan pequeño que parece incapaz de bombear sangre y, de repente, noto más fuerzas que nunca, el hormigueo se vuelve intenso y por fin sale una lágrima que desencadena un maldito llanto, un llanto que marca dolor.
Un trueno y comienza la lluvia. Necesito ese frescor que alivia mi piel con la sangre hirviendo bajo ella, recorriendo mi cuerpo, con toda esa rabia. Necesito las gotas que ocultan mi lamento, sentir en cada latido que estoy muriendo por dentro. Cada relámpago, cada rayo, es un rugido que no hace desde lo más profundo de mi alma.
 Una vez que empieza la tempestad no sé cómo pararla.
  Ya no estoy en el columpio,  una habitación dominada por las tinieblas se encuentra en su lugar. Me hallo rodeada de libros en blanco, sueños sin cumplir, corazones rotos,canciones incompletas. Todo a mi alrededor está podrido, muerto.
  Un susurro llama mi atención,  proviene de un oscuro rincón.
- Marguerite... Vuelve a escucharse en ese cuarto marchito.
- ¿Quién eres? ¡Quiero irme a casa!
-¿A  casa? Esto es tu casa, es lo que querías, soledad, ¿recuerdas?
-¡No! ¡Quiero volver!
- Ya no hay vuelta atrás, Marguerite, tu farol se ha apagado.
-¿Quién eres?
-¿No me reconoces? Siempre he estado ahí, detrás de tus fracasos, de tus aflicciones, de tus dolores, amándote por darme vida. Yo soy tus miedos, todos y cada uno de ellos, nacidos de tus no puedo, no lo lograré, no sirvo, estoy sola, no tengo a nadie. Ahora soy real, respírame, estoy aquí, Marguerite.
Comienzo a gritar sin que nada surja de mi garganta. El aire sale de mis pulmones sin emitir ningún sonido. No paro de llorar. Regueros de lágrimas entre convulsiones.
La oscuridad se abalanza sobre mí, hundiéndome en su inmensidad, empujándome al olvido.
Ya no sufro, mi farol ha sido apedreado.

sábado, 15 de agosto de 2015

Huellas

Es cuestión de un momento, un segundo, por el cual comienza la autodestrucción. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Siempre echando sal en las heridas abiertas, descosiendo cicatrices, partiéndonos mil veces y cortándonos con nuestros propios cristales.

Entonces te detienes a pensar en cada detalle de tu vida y observas que has dado demasiado por personas que ni siquiera estaban ahí. Has llorado, sabes bien que has llorado de una forma tan dolorosa que ni la música era capaz de calmar por aquellos que demostraban día a día merecer un hueco en ti pero aun así, no lo apreciaste y un día se fueron, simplemente cansados de arreglar a un juguete al que le gustaba estar roto. Dabas por hecho que jamás se irían pero la cuerda que a ti te mantenía a salvo a ellos les asfixiaba.

 Escribes, gritas, lloras, pero no hay forma, no te escuchan. Te van a perder, lo sabes y lo peor es que en el fondo ellos lo saben también.

Comienzas a pensar en todo lo que has hecho, lo que has pasado, lo que has dado, lo que has perdido para que otro gane... "Tienes que ser egoísta, tu felicidad está primero"... Algún día espero que entiendan que cuando quieres a alguien no puedes permitirtelo. Me han mentido, me han olvidado, me han destrozado las personas que prometían protegerme y estar conmigo... al menos ¿habrá servido de algo lo que hice, lo que hago? ¿He dejado huella en alguien? ¿Correrán detrás de mí si me voy o simplemente dejarán que me esfume?¿llorarán cuando no esté?
Cuanto duelen las mentiras, las promesas que te rompen por dentro al no ser cumplidas. "No te vayas nunca","no quiero perderte" y tú dices que no lo harás, que no los dejarás, pero estás tan cansada de que las mismas personas que no quieren perderte sean las que te consumen con sus actos que en realidad ya te has ido y nada volverá a ser igual. Ellos ya hicieron su elección. Aconsejas, escuchas, reconfortas, aún así hacen lo que quieren porque saben, o eso creen, que tú estarás ahí para rescatarlos, para calmarlos... Pero... ¿Lo estás?

 Llegado a este punto la autodestrucción casi ha finalizado, tan sólo queda que te rindas y te vayas sin despedida, sin lágrimas. Pasará el tiempo y tú seguirás recordando a cada uno pero... ¿cuántos sabrán quién eres? y cuando crees que las cosas han mejorado... Es cuestión de un momento, un segundo por el cual... El ciclo se repite.

A prueba de balas

Inmóvil, sentada al borde de la cama. La mirada fija en el calendario. La habitación apenas iluminada por los tímidos rayos de sol que acarician las paredes. Impasible, se levanta y observa su reflejo, frágil como el cristal. Deja escapar un suspiro y una lágrima furtiva. Comienza el coro de voces, se alzan expulsando su veneno, rabia y furia contra ella, parecen causar un gran estruendo pero solo están en su cabeza.
Se pone los auriculares con la musica elevada, muerde su labio inferior mientras enlaza las manos tapando sus oídos, cierra fuertemente los ojos tratando de evadirse. No se da cuenta; sin embargo, su alma se parte poco a poco y grita buscando libertad. Anhela escapar de esa prisión ajada en la que se ha convertido su cuerpo. Se están desgarrando cada una de sus cicatrices. Ellos no saben lo que hacen, solo pretenden molestar o quizás vaya mucho más allá y lo único que quieren es descargar sus propios miedos y complejos no solo sobre ella, sino sobre todos a los que consideran débiles. Cuan ilusos son por pensar que eso les hace más fuertes. Valientes son los oprimidos que luchan cada día contra ellos mismos y contra el mundo, son aquellos que dejan de buscar una luz en la oscuridad y se convierten en su propio farol. Viven el acoso de verdaderos cobardes, esos que viven encadenados a unos principios que ni ellos logran entender, dictaminados por una sociedad egoísta y sin escrúpulos que discrimina a los que considera diferentes.
Creo firmemente que tenaz es quien cae y se levanta, quien supera sus problemas y aprende a iluminar en lugar de extinguir la llama  de los demás. Ser fuerte es aceptar que eres frágil, que eres de cristal, y hacer de tu debilidad una fortaleza.
Ella se levanta, se acerca a su escritorio y con las lágrimas recorriendo su rostro comienza a escribir. Deja fluir todo a través del blanco papel, encuentra en las palabras el alivio que necesita, la libertad que tanto ansía. Recobra la cordura. Las voces solo son recuerdos de sus viejas heridas que poco a poco vuelven a cerrarse. Seca sus mejillas y se repite a diario: "soy de cristal". Sus ojos brillan, desprenden alegría y sus labios muestran una gran sonrisa. Añade unas palabras a su lema: "soy de cristal, sí, pero a prueba de balas".