lunes, 10 de octubre de 2016

Año nuevo, vida nueva

Invierno es la estación más cruel que conozco. Se disfraza tras la falsa esperanza de un nuevo comienzo, de propósitos y deseos de cambio pero lo cierto es que no puede esconder los sentimientos que provoca. Soledad, nostalgia, cobardía... Es la época en la cuál me doy cuenta de cómo ha cambiado todo. Las promesas que se han roto, las que nunca tuvieron intención de cumplirse, las que cada noche me despiertan, desgarrándome, recordándome poco a poco cómo me han abandonado aquellos que juraron estar a mi lado para siempre. Esos que lloraban y reían conmigo. Los que ahora ni me reconocen. Personas que un día fueron importantes, amigos... Uno a uno se van distanciando, se alejan sin importarles nada, sin importarles nadie. De nuevo sola ante el abismo. Siguen su camino y yo simplemente me siento y observo cómo se marchan mientras me quiebro un poco más. Porque con cada ida se llevan un fragmento imposible de reconstruir. Igual que los deseos sin cumplir, igual que las páginas a las que pusimos título pero nunca completamos y quedaron como tristes historias inconclusas y olvidadas. Al mismo tiempo que un sueño muere  el alma se parte, se pudre, y nosotros con ella. ¿No es cierto que en realidad estamos muriendo?  Neruda se preguntó en un poema: "¿Por cuánto tiempo muere el hombre? ¿Qué quiere decir para siempre?" La respuesta es que desde que nacemos ya estamos todos un poco rotos, un poco muertos.
 La persona que soy hoy no es la misma que ayer fui. Porque cada día que pasa es una nueva oportunidad para mentirnos, para jurarnos cambios que nunca seremos capaces de realizar. Si de verdad hubiésemos querido, no hubiésemos esperado, no habríamos dado tiempo a las excusas. Vivímos suicidándonos constantemente y renaciendo para volver a morir,  utilizando los propósitos y las promesas como arma de autodestrucción.  Es un ciclo que no termina, dónde la muerte impregna cada elemento.
Odio el invierno porque el frío se cuela a través de las grietas que se han formado por las cicatrices mal curadas y me hace ver la falta de calor por parte de los míos, de los que se fueron, de los que he perdido o tal vez ellos me perdieron a mí. Sin embargo a veces me sorprendo buscándolos. Siempre estaba ahí para ellos, amansaba sus demonios y ahora no hay quien duerma los míos. cosía sus sonrisas, ayudaba a levantar las ruinas de sus ciudades bombardeadas por absurdos anhelos. Un plan más sin cumplir.
La utopía que de verdad nos destruye es fin de año. Maldita quimera que devora las almas puras de los inocentes, convirtiéndolos en recipientes vacíos, muertos en vida. Al final como dijo Quevedo, somos sucesiones de difunto. Somos cadáveres descompuestos corrompidos por proyectos y autoengaños que nos han envenenado poco a poco hasta hacernos fenecer. Adiós año nuevo. Adiós vida nueva.

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