Suena el despertador, se ducha, se viste, desayuna mientras mira fijamente su reflejo y se repite que esta vez no será igual, no. Esta vez lo va a conseguir. Hábito que odia pero reconforta. Mentira que calma el deseo de cambio. Él anhela que sea diferente, sin embargo, en el fondo adora vivir en esa rutina en la cual se ha acomodado desde que era un niño. ¿Cuánto tiempo lleva persiguiendo esa oportunidad? Estamos constantemente detrás de sueños, proyectos, detrás de un mañana, tan obstinados que esclavizamos nuestro presente a trabajar para el futuro. ¿Quién puede juzgarle? ¿A caso no somos iguales? Es decir ¿no es cierto que desde pequeños nos dedicamos a enumerar objetivos, propósitos, todos ellos en lista, en masa, como algo genérico para alcanzar nuestras metas? Nos desgarramos la piel por algo idílico, utópico y nos pasamos la vida buscando, en serio, nos la pasamos. Queremos ser felices, vemos solo el final del camino y comienza la impaciencia. Lo queremos ya. Sin detenernos. No andamos, corremos por el trayecto hasta el límite. No disfrutamos de las personas, de los momentos, de lo real. Lo tenemos justo en frente pero aseguramos que todo seguirá ahí mañana y será entonces cuando dispongamos de tiempo para dedicarle. ¡Cómo si nosotros lo controlásemos!
Ahí está él, dispuesto a coger el tren a la hora de siempre. Es perfeccionista, tan meticuloso que resulta insoportable. Tiene todo organizado, planeado, sin riesgos. Y la ve, tan solo un momento, porque se pierde entre la gente, una vez más. Ni siquiera recuerda cuando empezó todo, pero él está loco por ella. Son tan opuestos... Ella, tranquila y alocada, dulce pero con carácter, una contradicción en sí misma. Desentendida del tiempo pues vive ajena a este. Sin horarios. Es tan bonita que hasta duele. A veces es cruel, a veces quema, a veces rompe pero es única. Por eso él se empeña tanto en conquistarla. Es lógico que se haya enamorado de su belleza. Ella no camina, ella salta, danza, vuela, es libre. Él aún así se obceca en atraparla.
Ahí está de nuevo. Él corre tras ella con todas sus fuerzas. Se esfuerza tanto que el aire quema en sus pulmones, cada bocanada arde. Su cuerpo está alcanzando su tope. Las punzadas de dolor recorren sus músculos. Ella aminora su paso como dejándose atrapar. Él lucha por mantenerse pero un calambre que abrasa sus huesos hace que caiga y rueda por el suelo hasta quedar extendido. Mantiene torpe y duramente la respiración. No puede levantarse. Detiene su mirada en sus manos que ahora están arrugadas y viejas. Como si le hubiesen llovido los años. La vejez le ha alcanzado. Pero... ¿Cuánto tiempo lleva persiguiéndola? Su visión se nubla y lo último que ve es a ella, que le sonríe mientras él se marchita. Entonces piensa que ya no tiene nada que hacer salvo esperar lo inevitable, porque ya es demasiado tarde. Solamente le queda relajarse y dejarse llevar. En esos instantes es verdaderamente feliz y solo ahí es capaz de olvidarse de ella. Descubre que precisamente el secreto de lo que buscaba consiste no en tratar de conseguirla, sino en ignorarla por completo. En centrarse en lo que tiene delante. De este modo ella viene sin necesidad de ser perseguida. Pero como he dicho antes, estamos tan empeñados en la meta y en perdernos el recorrido, que no estoy segura de que hayáis notado que cuando hablaba de ella, hablaba de la vida.
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