"La soledad es un farol certeramente apedreado. En ella me apoyo." - Marguerite Duras.
Cielo plomizo, ceniciento, no hay ni rastro del sol. Ahí me encuentro yo, sentada en un columpio, balanceándome con fuerza, buscando olvidar.
Alto, más alto, más todavía, unas pequeñas cosquillas me envuelven, llegan recuerdos...
Inevitable, noto un hormigueo en los ojos, que se nublan, me tiembla la barbilla, ya no escucho el latido de mi corazón. Se está volviendo tan pequeño que parece incapaz de bombear sangre y, de repente, noto más fuerzas que nunca, el hormigueo se vuelve intenso y por fin sale una lágrima que desencadena un maldito llanto, un llanto que marca dolor.
Un trueno y comienza la lluvia. Necesito ese frescor que alivia mi piel con la sangre hirviendo bajo ella, recorriendo mi cuerpo, con toda esa rabia. Necesito las gotas que ocultan mi lamento, sentir en cada latido que estoy muriendo por dentro. Cada relámpago, cada rayo, es un rugido que no hace desde lo más profundo de mi alma.
Una vez que empieza la tempestad no sé cómo pararla.
Ya no estoy en el columpio, una habitación dominada por las tinieblas se encuentra en su lugar. Me hallo rodeada de libros en blanco, sueños sin cumplir, corazones rotos,canciones incompletas. Todo a mi alrededor está podrido, muerto.
Un susurro llama mi atención, proviene de un oscuro rincón.
- Marguerite... Vuelve a escucharse en ese cuarto marchito.
- ¿Quién eres? ¡Quiero irme a casa!
-¿A casa? Esto es tu casa, es lo que querías, soledad, ¿recuerdas?
-¡No! ¡Quiero volver!
- Ya no hay vuelta atrás, Marguerite, tu farol se ha apagado.
-¿Quién eres?
-¿No me reconoces? Siempre he estado ahí, detrás de tus fracasos, de tus aflicciones, de tus dolores, amándote por darme vida. Yo soy tus miedos, todos y cada uno de ellos, nacidos de tus no puedo, no lo lograré, no sirvo, estoy sola, no tengo a nadie. Ahora soy real, respírame, estoy aquí, Marguerite.
Comienzo a gritar sin que nada surja de mi garganta. El aire sale de mis pulmones sin emitir ningún sonido. No paro de llorar. Regueros de lágrimas entre convulsiones.
La oscuridad se abalanza sobre mí, hundiéndome en su inmensidad, empujándome al olvido.
Ya no sufro, mi farol ha sido apedreado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario