La vida es como una obra de teatro, si no te enganchas a tiempo es muy difícil seguirle el ritmo.
Otoño, los árboles se tiñen de naranjas, amarillos y ocres. las hojas se amontonan en el suelo; el viento, suave pero gélido. Paseo por las calles desoladas, tal vez buscándote, tal vez sin suerte. De repente y en el momento más inoportuno, llegan ellos. Empiezo a correr.
Uno tras otro me van alcanzando, mis pulmones arden intensamente, las bocanadas de aire solo consiguen asfixiarme, mi corazón amenaza con pararse y es entonces cuando caigo. Me siento abrazando mis rodillas y decido rendirme a ellos. Los recuerdos, fieles aliados o crueles enemigos, fluyen en mi mente aturdiéndome, destrozándome, devorando cada pizca de alegría que he conseguido reunir. Parecen no saciarse nunca, algo cálido desciende por mis mejillas. Lágrimas. Cuántas emociones guardan esas pequeñas gotas que salen de mis ojos y se desvanecen.
He perdido la noción del tiempo y seguramente la cordura pero me levanto sacudo mi ropa y continúo mi camino, imperturbable.
Ellos siguen ahí, o los guardas como un tesoro para siempre, o te encadenas a ellos como una extraña maldición, eternamente.
Llego tarde, en realidad llego como un par de vidas tarde. Me detengo y observo cuidadosamente sus caras. Ambos me ofrecen una amplia sonrisa. El destello de sus ojos iluminaría el alma de cualquiera que los viera. Desbordan felicidad, pasión y seguridad.
-Papá, mamá, siento haber tardado tanto en venir, no estaba preparada después de todo, sin embargo ya estoy aquí. Os he echado de menos cada segundo, os lo prometo.
Otra vez regresan ellos... ¡Ahora no! ¡Por favor!
Recuerdos... tan queridos... tan odiados. Entonces me pregunto: -¿Cuándo empezaron a dañarme? cuando me esclavizaron.
¡Qué complejo! Aquello a lo que ahora no damos importancia, el presente, lo que vivimos a tontas y a locas pensando que tendremos un mañana para arreglarlo, se convierte en nuestra historia, en nuestro pasado, en nuestros recuerdos. "Me arrepiento de no haber aprovechado cada momento" y así es como te encadenas a ellos. Buscando las llaves de un candado oxidado, unas llaves imposibles de conseguir, el tiempo. El tiempo no se mide en segundos, se calcula en suspiros, en lágrimas, en alegrías y en disgustos, en errores y aciertos, en recuerdos.
Cuando quieres reaccionar, tu presente ya ha volado. Y ¿Qué has hecho?, me consulto.
-¿Cómo hacéis para no perder vuestras sonrisas? Me gustaría poder llevar una siempre.
Sin respuesta...Tan solo sonríen y yo comienzo a llorar. Las lágrimas caen y empapan la foto. Los recuerdos no hacen más que volver y yo, cansada, los dejo arder. Se han roto las cadenas y ahora soy libre, libre de ellos. Observo la foto por última vez y la dejo sobre una de las tumbas.
-Seguid sonriendo siempre.
A la vida, tan efímera, tan feroz. Tampoco es el tiempo quien la determina ni quien indica su fin. Solamente marca los límites.
No quiero arrepentirme mañana de lo que no he hecho hoy. Quiero asegurarme de vivir cada momento, de no perder ni un minuto, de guardar mis recuerdos como el oro, de reír por nada y por todo. Es una obra de teatro y cuando termine quiero escuchar los aplausos. Se cierra el telón
domingo, 15 de noviembre de 2015
Soledad
"La soledad es un farol certeramente apedreado. En ella me apoyo." - Marguerite Duras.
Cielo plomizo, ceniciento, no hay ni rastro del sol. Ahí me encuentro yo, sentada en un columpio, balanceándome con fuerza, buscando olvidar.
Alto, más alto, más todavía, unas pequeñas cosquillas me envuelven, llegan recuerdos...
Inevitable, noto un hormigueo en los ojos, que se nublan, me tiembla la barbilla, ya no escucho el latido de mi corazón. Se está volviendo tan pequeño que parece incapaz de bombear sangre y, de repente, noto más fuerzas que nunca, el hormigueo se vuelve intenso y por fin sale una lágrima que desencadena un maldito llanto, un llanto que marca dolor.
Un trueno y comienza la lluvia. Necesito ese frescor que alivia mi piel con la sangre hirviendo bajo ella, recorriendo mi cuerpo, con toda esa rabia. Necesito las gotas que ocultan mi lamento, sentir en cada latido que estoy muriendo por dentro. Cada relámpago, cada rayo, es un rugido que no hace desde lo más profundo de mi alma.
Una vez que empieza la tempestad no sé cómo pararla.
Ya no estoy en el columpio, una habitación dominada por las tinieblas se encuentra en su lugar. Me hallo rodeada de libros en blanco, sueños sin cumplir, corazones rotos,canciones incompletas. Todo a mi alrededor está podrido, muerto.
Un susurro llama mi atención, proviene de un oscuro rincón.
- Marguerite... Vuelve a escucharse en ese cuarto marchito.
- ¿Quién eres? ¡Quiero irme a casa!
-¿A casa? Esto es tu casa, es lo que querías, soledad, ¿recuerdas?
-¡No! ¡Quiero volver!
- Ya no hay vuelta atrás, Marguerite, tu farol se ha apagado.
-¿Quién eres?
-¿No me reconoces? Siempre he estado ahí, detrás de tus fracasos, de tus aflicciones, de tus dolores, amándote por darme vida. Yo soy tus miedos, todos y cada uno de ellos, nacidos de tus no puedo, no lo lograré, no sirvo, estoy sola, no tengo a nadie. Ahora soy real, respírame, estoy aquí, Marguerite.
Comienzo a gritar sin que nada surja de mi garganta. El aire sale de mis pulmones sin emitir ningún sonido. No paro de llorar. Regueros de lágrimas entre convulsiones.
La oscuridad se abalanza sobre mí, hundiéndome en su inmensidad, empujándome al olvido.
Ya no sufro, mi farol ha sido apedreado.
Cielo plomizo, ceniciento, no hay ni rastro del sol. Ahí me encuentro yo, sentada en un columpio, balanceándome con fuerza, buscando olvidar.
Alto, más alto, más todavía, unas pequeñas cosquillas me envuelven, llegan recuerdos...
Inevitable, noto un hormigueo en los ojos, que se nublan, me tiembla la barbilla, ya no escucho el latido de mi corazón. Se está volviendo tan pequeño que parece incapaz de bombear sangre y, de repente, noto más fuerzas que nunca, el hormigueo se vuelve intenso y por fin sale una lágrima que desencadena un maldito llanto, un llanto que marca dolor.
Un trueno y comienza la lluvia. Necesito ese frescor que alivia mi piel con la sangre hirviendo bajo ella, recorriendo mi cuerpo, con toda esa rabia. Necesito las gotas que ocultan mi lamento, sentir en cada latido que estoy muriendo por dentro. Cada relámpago, cada rayo, es un rugido que no hace desde lo más profundo de mi alma.
Una vez que empieza la tempestad no sé cómo pararla.
Ya no estoy en el columpio, una habitación dominada por las tinieblas se encuentra en su lugar. Me hallo rodeada de libros en blanco, sueños sin cumplir, corazones rotos,canciones incompletas. Todo a mi alrededor está podrido, muerto.
Un susurro llama mi atención, proviene de un oscuro rincón.
- Marguerite... Vuelve a escucharse en ese cuarto marchito.
- ¿Quién eres? ¡Quiero irme a casa!
-¿A casa? Esto es tu casa, es lo que querías, soledad, ¿recuerdas?
-¡No! ¡Quiero volver!
- Ya no hay vuelta atrás, Marguerite, tu farol se ha apagado.
-¿Quién eres?
-¿No me reconoces? Siempre he estado ahí, detrás de tus fracasos, de tus aflicciones, de tus dolores, amándote por darme vida. Yo soy tus miedos, todos y cada uno de ellos, nacidos de tus no puedo, no lo lograré, no sirvo, estoy sola, no tengo a nadie. Ahora soy real, respírame, estoy aquí, Marguerite.
Comienzo a gritar sin que nada surja de mi garganta. El aire sale de mis pulmones sin emitir ningún sonido. No paro de llorar. Regueros de lágrimas entre convulsiones.
La oscuridad se abalanza sobre mí, hundiéndome en su inmensidad, empujándome al olvido.
Ya no sufro, mi farol ha sido apedreado.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)